El jardín de las delicias
He pasado horas mirando este cuadro. Mi primer acercamiento a él fue a través del Surrealismo. Me encantaba Magritte, Delvaux, Granell... y, al principio miré El Jardín de las Delicias con la misma óptica con la que contemplaba todos esos cuadros.
Cuando lo contemplaba me gustaba unir sus imágenes a un mundo de fantasía onírica, donde hay objetos cotidianos que al carecer de un sentido lógico aparente, se reconocen como situaciones extraordinarias.
Un día, mientras analizaba alguno de los muchos detalles del cuadro, se me ocurrió pensar en la fecha en la que se pintó: mil quinientos tres – mil quinientos cuatro.
¡Qué moderno para su tiempo!- pensé, se adelantó siglos al surrealismo, al dadaísmo a todas las teorías de Freud, a...
O, a lo mejor, El Bosco ni siquiera pretendía acercarse a este mundo de los sueños, y ¡Era yo quién malinterpretaba el cuadro!
Busqué entonces datos sobre El Bosco para intentar acercarme a su visión. Aunque no se conoce con exactitud la intención del autor, parece ser que las escenas de sus cuadros tenían en su mayoría un sentido religioso y moral: pretendían educar, transmitir una moraleja, hablar sobre el bien, el mal, y los castigos divinos que traían consigo las malas acciones. Otras imágenes estaban sacadas de refranes y dichos populares de la época. Algunos se conocen, otros se han perdido con el paso del tiempo y la evolución del lenguaje.
Volví con esta información y mil detalles concretos a mirar el cuadro. En realidad me sentía un poco culpable; era como si hasta entonces hubiera traicionado al autor del cuadro, por haber interpretado su obra de una forma diferente a lo que él había pretendido. Porque aunque es imposible saber con exactitud sus verdaderas intenciones, lo que sí estaba claro es que las teorías de Freud no estaban en su mente a la hora de pintar.
Así que me senté delante del cuadro una vez más para hacer un ejercicio de abstracción y contemplar la pintura a través de los ojos de un flamenco del siglo XVI. Estuve un buen rato y me esforcé mucho, pero fui incapaz de olvidarme de cuatro siglos de historia, de mi cultura y de todo lo que he leído, visto y oído en estos años; lo que yo percibía, sería auténtica ciencia ficción para El Bosco.
Además, pensé, si me ayudaron a acercarme a este cuadro corrientes del Siglo XX, tampoco sería justo ignorarlas ahora e intentar olvidarlas.
Ante este nuevo enfoque, me sentí mejor. A pesar de haber fracasado en mi intento de echar una mirada historicista al cuadro, dejé de creer que el error había sido mío, y volví a sentarme delante de él, mezclando la historia en mi cabeza, dejando que mis pensamientos saltaran alegremente de un siglo a otro sin remordimientos de ningún tipo.
Disfruté mucho con esta nueva visión del cuadro. Con toda esta historia había aprendido bastante sobre éste tipo de pintura, y además me dejaba llevar, llegando a unir mundos distantes en el tiempo. Pude observar el pasado teniendo en cuenta gustos del presente. Y lo mejor es que no había nada de malo en ello.
